Harry abandonó la librería con la cabeza abombada. Era una tarde pegajosa e idiota de mall. Al principio odiaba esos centros comerciales. Luego, cuando toda la izquierda los odió, él comenzó a amarlos. Esos infelices hijos de la condenada puta que no leían ni los grafitis de los meaderos le parecían más inocentes que todos esos condenados compañeros suyos que predicaban la lucha de clases y hacían gárgaras con los pobres y la construcción del país.
Cansado del cinismo, había intentado encajar, vaya que había. Se casó con una princesa de mall y luego el hastío lo había derrotado. Era una virginal criatura que tomó el matrimonio como un breve noviazgo y siguió adelante, a territorios más calurosos y fértiles.
En esos años Harry había intentado pensar, como todos, que la literatura era una mierda, que ganar dinero era un arte y que la moral era un obstáculo en la larga carrera que Pinochet y la Concertación habían impuesto al país. Por un momento, unos años, unos siglos, se dejó engañar con la dulce felicidad de la ignorancia. Pero al final esos brillantes técnicos que se posgraduaban en las tumefactas ciudades yanquis, esos herméticos sabios que parecían transformar en oro todo lo que tocaban, esas profetisas de abdómenes planos y pechos parados como cohetes hacia Plutón, esa sabiduría contenida en las pocas hectáreas del barrio alto de Santiago, no le llegaban ni a los talones a una buena novela, a la técnica para construirla, a la sangre que había que derramar para verterse en una historia.
Harry respiró hondo. La había cagado y no había nada más que hacer. Estaba muy viejo, muy huevón, como para empezar de nuevo.
Pero si tuviera en sus manos una vida bullente, como la que él tuvo hace treinta años. Si pudiera enderezar a una versión moderna de él. Ah, qué historia sería esa.
Una muchacha de unos 18 años, una princesa guerrera de las noches que en las tardes se hacía un sueldo con un estrecho vestido y una minifalda, le alcanzó un papel que Harry se negó a recibir.
-Gracias -dijo, despectiva, la muchacha.
-¿Gracias por qué? -reaccionó molesto Harry-. No te he hecho ningún favor. No quiero hacerte ningún favor. No me des las gracias.
Escritor, periodista. "Nuestro Terremoto", el 27/F en la empresa Arauco. "¡Independencia!", siete crónicas históricas de la revolución que nos parió. Ambos en venta en librerías.
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20071221
20070813
Western
20070730
El hombre que coleccionaba comienzos de novela
Harry, con las últimas fuerzas de su alma, pensaba que había que tener fe en la literatura. Pero costaba.
Tenía la costumbre de pasearse por las librerías en busca de comienzos de novelas que le devolvieran la fe. Le gustaban las librerías modernas de los centros comerciales, porque la luz halógena se reflejaba en los lomos de los libros. Le gustaba acercarse al mostrador principal y abrir al azar. "La primera vez que Juan", "La muerte tiene muchas caras", "Juanita se acercó al velador y levantó el arma", "La noche era fría y húmeda", "Cuando Pedro de Valdivia fundó Santiago nunca se imaginó que", "Al principio creó Dios el cielo y la tierra".
Progresivamente Harry iba consumiéndose en ira. Era una sensación difícil de manejar y no muy agradable. Estos, pensaba, eran los hijos de puta que le habían robado la vida. Afeitados mocosos becados por organismos internacionales o vendidos cuarentones que contaban grandes verdades que hasta un idiota podía entender.
"El padre de Juan tenía miedo de su hijo". "En el museo del Louvre, el más famoso del mundo, yacía asesinado un hombre maduro", "Yo antes no creía en nada", "El camino para conocerte a ti mismo pasa por amarte a ti mismo".
Afortunadamente las librerías tenían ciertas colecciones de libros fotográficos. "1000 desnudos". "Lesbianas y daguerrotipos". "Arte sexual". "Las mejores prostitutas de la historia". Harry abría cualquiera de esos libros y eran tanto mejores que los comienzos de novelas. ¿Eran novelas esas mierdas? ¿Qué eran?
Un libro de tapa muy brillante le devolvió su rostro, como si fuera un espejo. ¿Dónde se había jodido Harry? Le hubiera gustado que su novela dijera: "Harry no se reconoció". Pero era exactamente lo que veía en el aceitado papel couché: un cuarentón olvidado, con la barba a medio afeitar, ojeras, cara de mierda, que se equilibraba en la cuerda floja mientras toda su generación parecía tan segura de sí misma. "El cultivo de las flores es una de las actividades que más recompensas le pueden dar en la vida". "El sentido de todo lo que hacemos está en nosotros". "Si está pensando en ganar, es probable que lo logre". Alguna vez pensó que los libros eran el antídoto. Se había dado cuenta demasiado tarde de que no era así.
Tenía la costumbre de pasearse por las librerías en busca de comienzos de novelas que le devolvieran la fe. Le gustaban las librerías modernas de los centros comerciales, porque la luz halógena se reflejaba en los lomos de los libros. Le gustaba acercarse al mostrador principal y abrir al azar. "La primera vez que Juan", "La muerte tiene muchas caras", "Juanita se acercó al velador y levantó el arma", "La noche era fría y húmeda", "Cuando Pedro de Valdivia fundó Santiago nunca se imaginó que", "Al principio creó Dios el cielo y la tierra".
Progresivamente Harry iba consumiéndose en ira. Era una sensación difícil de manejar y no muy agradable. Estos, pensaba, eran los hijos de puta que le habían robado la vida. Afeitados mocosos becados por organismos internacionales o vendidos cuarentones que contaban grandes verdades que hasta un idiota podía entender.
"El padre de Juan tenía miedo de su hijo". "En el museo del Louvre, el más famoso del mundo, yacía asesinado un hombre maduro", "Yo antes no creía en nada", "El camino para conocerte a ti mismo pasa por amarte a ti mismo".
Afortunadamente las librerías tenían ciertas colecciones de libros fotográficos. "1000 desnudos". "Lesbianas y daguerrotipos". "Arte sexual". "Las mejores prostitutas de la historia". Harry abría cualquiera de esos libros y eran tanto mejores que los comienzos de novelas. ¿Eran novelas esas mierdas? ¿Qué eran?
Un libro de tapa muy brillante le devolvió su rostro, como si fuera un espejo. ¿Dónde se había jodido Harry? Le hubiera gustado que su novela dijera: "Harry no se reconoció". Pero era exactamente lo que veía en el aceitado papel couché: un cuarentón olvidado, con la barba a medio afeitar, ojeras, cara de mierda, que se equilibraba en la cuerda floja mientras toda su generación parecía tan segura de sí misma. "El cultivo de las flores es una de las actividades que más recompensas le pueden dar en la vida". "El sentido de todo lo que hacemos está en nosotros". "Si está pensando en ganar, es probable que lo logre". Alguna vez pensó que los libros eran el antídoto. Se había dado cuenta demasiado tarde de que no era así.
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