Una compañía estadounidense, Platinum Blues, se dedica a analizar patrones matemáticos en las canciones. Es decir, toman categorías como ritmo o tono, y además el contexto social de las canciones y las estudian con modelos computacionales. Lo han hecho con millones de temas que se pueden bajar legalmente. Acto seguido, han visto dónde se ubican en un gráfico las canciones que han tenido más éxito, las más vendidas. Y han identificado "clusters", nubes donde grupos de centenas de miles de canciones caen. Y venden este conocimiento a las disqueras. Las disqueras tienen un nuevo tema, y esta empresa lo analiza y ve qué tan lejos o cerca está de los clusters exitosos. Y parece que le achuntan. Y además sirve para recomendar canciones.
Una conferencia con Mike McCready, el dueño de la compañía, en la nueva página de la revista New Yorker.
Escritor, periodista. "Nuestro Terremoto", el 27/F en la empresa Arauco. "¡Independencia!", siete crónicas históricas de la revolución que nos parió. Ambos en venta en librerías.
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20070518
20061024
20061015
El rock and roll ha muerto
Se cierra CBGB
La cosa es así. Si vivías en Nueva York antes de que la ciudad se pusiera taquillera y segura, si arrendabas departamentos antes de la era Giuliani, de Dinkins para atrás, digamos; si conociste Times Square cuando era un lugar de putas y narcotraficantes y en la Octava te podías meter a cines pornos, digo; si te pasó todo eso y aún sigues ahí, es muy probable que tengas una "renta controlada", es decir, pagues unos 400 dólares por un departamento que, si se arrendara hoy a otra persona, costaría unos dos mil quinientos. ¿Estamos? Así es la cosa: socialismo para los viejos neoyorkinos en la ciudad más capitalista del mundo.
¿Qué pasa? La presión inmobiliaria es fuertísima, y los dueños de edificios dejan que el lugar se pudra para que los viejos y pobretes arrendatarios se vayan y dejen el espacio a jóvenes y ambiciosos ejecutivos de Wall Street.
Muy bien. Si saben de rock, no es necesario que explique la importancia de CBGB en la escena neoyorkina y mundial. Si saben de bienes raíces en Nueva York, no les tengo que decir que el East Village es uno de los pocos lugares "pobres" que quedan en Manhattan, esto es, lleno de viejos arrendatarios, en su mayoría jipis que vivieron las heroicas jornadas setenteras y ochenteras de Thompkins Square Park, acaso el lugar entonces con más alta concentración de homeless y yonquis de la historia del mundo, y que el Bowery, ese "estado mental" neoyorkino conformado por la imposible angulación de las viejas calles con nombres y no con números, y que tiene su polo en el cubo donde se intersecta la East 8 St / Lafayette St. / Bowery / St. Mark's Pl./Astor Pl.
Dos más dos son cuatro. El dueño del recinto donde funcionó CBGB (315 Bowery) pidió el lugar -los CBGB no pudieron pagar sus deudas- y CBGB tiene que irse porque se acabó su contrato. Lo curioso es que el dueño del sitio es una organización no gubernamental que trabaja para los homeless, con un presupuesto de 32 millones de dólares al año.
Una mejor idea de esto la da esta crónica del New York Times. Aquí algunos estractos:
La cosa es así. Si vivías en Nueva York antes de que la ciudad se pusiera taquillera y segura, si arrendabas departamentos antes de la era Giuliani, de Dinkins para atrás, digamos; si conociste Times Square cuando era un lugar de putas y narcotraficantes y en la Octava te podías meter a cines pornos, digo; si te pasó todo eso y aún sigues ahí, es muy probable que tengas una "renta controlada", es decir, pagues unos 400 dólares por un departamento que, si se arrendara hoy a otra persona, costaría unos dos mil quinientos. ¿Estamos? Así es la cosa: socialismo para los viejos neoyorkinos en la ciudad más capitalista del mundo.
¿Qué pasa? La presión inmobiliaria es fuertísima, y los dueños de edificios dejan que el lugar se pudra para que los viejos y pobretes arrendatarios se vayan y dejen el espacio a jóvenes y ambiciosos ejecutivos de Wall Street.
Muy bien. Si saben de rock, no es necesario que explique la importancia de CBGB en la escena neoyorkina y mundial. Si saben de bienes raíces en Nueva York, no les tengo que decir que el East Village es uno de los pocos lugares "pobres" que quedan en Manhattan, esto es, lleno de viejos arrendatarios, en su mayoría jipis que vivieron las heroicas jornadas setenteras y ochenteras de Thompkins Square Park, acaso el lugar entonces con más alta concentración de homeless y yonquis de la historia del mundo, y que el Bowery, ese "estado mental" neoyorkino conformado por la imposible angulación de las viejas calles con nombres y no con números, y que tiene su polo en el cubo donde se intersecta la East 8 St / Lafayette St. / Bowery / St. Mark's Pl./Astor Pl.
Dos más dos son cuatro. El dueño del recinto donde funcionó CBGB (315 Bowery) pidió el lugar -los CBGB no pudieron pagar sus deudas- y CBGB tiene que irse porque se acabó su contrato. Lo curioso es que el dueño del sitio es una organización no gubernamental que trabaja para los homeless, con un presupuesto de 32 millones de dólares al año.
Una mejor idea de esto la da esta crónica del New York Times. Aquí algunos estractos:
Con una política abierta de fichaje de bandas, Hilly Kristal, su fundador, Hilly Kristal, nutrió a la más grande generación rockera de Nueva York, y a su vez aquellos grupos hiceron de CBGB uno de los pocos clubes rockeros conocidos por su nombre en todo el mundo.
“Cuando empezábamos, no había lugar en que pudiéramos tocar, así que terminamos en el Bowery", dijo Tom Erdelyi, más conocido como Tommy Ramone, el primer baterista del grupo y único miembro original vivo. "Fue un calce perfecto"
“Cuando empezábamos, no había lugar en que pudiéramos tocar, así que terminamos en el Bowery", dijo Tom Erdelyi, más conocido como Tommy Ramone, el primer baterista del grupo y único miembro original vivo. "Fue un calce perfecto"
Aquí hay un documental sobre los Ramones y CBGB.
20060826
¿Debe la "U" llamarse "Universidad de Chile"?
El fanatismo por la "U", el equipo de mis amores, es un producto de los años sesenta. Con la aparición del "ballet azul", ese conjunto que en diez años ganó cinco campeonatos, y que era liderado por figuras como Carlos Campos, Rubén Marcos y Leonel Sánchez, que ya son parte del panteón azul , emergió un nuevo tipo de hincha. Equidistante del popular y obrero Colo-Colo, y del cerrado ABC1 de entonces representado por la UC, el partidario de la U provenía de la legión de gente relacionada de alguna forma con la entonces omnipresente y poderosa Universidad de Chile. Eran estudiantes, académicos y/o funcionarios de la universidad que se ponían con plata para el club de la manera en que hoy los mineros de Chuquicamata financian a Cobreloa.
A nivel simbólico la Universidad de Chile de entonces representaba el escaso pero eficiente método de ascenso social. "La Chile", una universidad pública y gratuita, monumental e influyente, acogía en su seno a pocos, pero no discriminaba más allá de exigir una educación secundaria completa y algunas competencias básicas para el ingreso. Por una matrícula que hoy sería considerada irrisoria, "La Chile" dio la oportunidad a miles de chilenos de pasar de ser más que sus padres. Fueron, gracias a esta institución profesionales hechos y derechos: abogados, médicos e ingenieros que dejaban sus pueblos y se establecían en Santiago, Concepción, Valparaíso o en el extranjero. En el pequeño país de entonces, "La Chile" era el sueño chileno.
Y la "U", su equipo de fútbol profesional, brillaba. Si no salía campeona, salía segunda. Si no salía segunda, jugaba mano a mano con el Santos de Pelé o conformaba la base de jugadores para que la selección saliera tercera en el mundo. Tenía los recursos y esos recursos eran, al final del día, del fisco, pero a nadie parecía importarle: casi todo el país era del fisco entonces.
En los setenta el país -como todos sabemos- cambió. La Universidad dejó de tener la importancia de antes y el ascenso social se ligó a dos entidades que, hasta entonces, sólo tenían que ver con los "porros" a los que no les "daba la cabeza": el ejército y la empresa privada. La Universidad vio, aferrada con los dientes a un universo que se desmembraba, como esos dos mundos fueron exitosos y permitieron, en una escala mayor que lo que la propia universidad había logrado, el ascenso social. El vínculo sentimental entre las personas y los equipos dejó de depender de factores extra futbolísticos y se centró solamente en la "eficacia" de las instituciones deportivas. Las odiseas de Cobreloa en la Copa Libertadores de comienzos de los ochenta (de igual a igual con el Flamengo de Zico y compañía, por ejemplo) y la obtención del máximo trofeo continental que logró Colo-Colo a comienzos de los noventa fueron factores que acarrearon multitudes de niños y jóvenes que no siguieron al equipo del padre. Con la excepción de Cobreloa, el ascenso instucional de los clubes de Santiago determinó la casi absoluta pérdida de fanáticos para los equipos de provincia. Después de que Everton de Viña del Mar se hiciese del título 76, tuvieron que pasar décadas para que un club que no fuera Cobreloa ni de Santiago ganara el campeonato (lo hizo Wanderers de Valparaíso el 2001).
Mientras el país cambiaba, la "U", el equipo, se sumergía en un letargo de 25 años sin obtener campeonato alguno. La Universidad de Chile fue intervenida por los militares, y el club cobijó a célebres funcionarios de Pinochet -el más ilustre de todos, el abogado y "fiscal antiterrorista" de la dictadura, Ambrosio Rodríguez, presidente de la Corfuch a fines de los ochenta-. Con planes elefantiásicos de construir un estadio, la "U" fue decayendo y la universidad se distanció totalmente del equipo de fútbol y lo apartó de su rama deportiva. Tenía demasiados problemas de caja como para estar financiando un equipo profesional... que no ganaba nada nunca.
Se creó entonces la "Corfuch", la "Corporación de Fútbol de la Universidad de Chile", que "de" la universidad no tenía nada más que el nombre. La democracia llegó y encontró a la "U" en la segunda división, y vio el advenimiento de una nueva barra que le hacía el peso a la "oficial" (en honor a la verdad, de "oficial" tuvo harto, pero no apoyó jamás a Ambrosio Rodríguez): eran "Los de Abajo", un grupo de fanáticos que se fogueó en los potreros y que importó la última moda rioplatense: ver el partido de pie y sin callarse nunca.
La revolución que comenzaron "Los de Abajo" (LDA) llegó a la dirigencia con la elección del doctor René Orozco como presidente de la Corfuch. Orozco, un médico nacido y criado en la universidad, que apoyó a Pinochet al principio pero que para comienzos de los noventa era un furibundo detractor del aún poderoso general y eterno candidato a recor, alcanzó el mando prometiendo una suerte de regreso a la relación entre la universidad y el club. Era cierto que legalmente la Corfuch no era parte de la Universidad de Chile, pero ¿qué mejor que un candidato a rector para dirigirla?
Con un tezón y porfía formidables, Orozco confió el proyecto deportivo a un viejo conocido: Arturo Salah, un ingeniero químico que fue dueño de la punta izquierda del ataque azul durante los ochenta. Salah sentó las bases deportivas para lo que vino después de la mano de Jorge Socías (el eterno "8" ochentero) y el argentino Miguel Angel Russo: los títulos del 94, 95, la semifinal de la libertadores 96 y el bicampeonato de 1999 y 2000 (sorprendentemente, el paso de la U a la segunda división fue encabezado por el hoy popular y exitosísimo Manuel Pellegrini, que entonces hacía sus primeras armas como técnico. En sus años de jugador -defensa central- la barra lo molestaba con el sobrenombre de "Peligrosini"). Además, el semillero de esa U encontró y formó a quien es quizás el centrodelantero más grande que ha tenido el fútbol chileno: Marcelo Salas.
Los triunfos de la U noventera y la figura de Salas que jugaba en Argentina y en Italia actuaron igual que antes lo hicieron las proezas de Colo Colo, la UC y Cobreloa. Muchos nuevos hinchas, mucha plata nueva, mucha ambición. Orozco manejó el timón con mano de hierro, con una conducción autoritaria en que toda rebelión era aplastada. Forjó también una sólida relación con Los de Abajo, relación que sirvió para darle al presidente de la Corfuch una suerte de guardia de corps (o más bien tontons macoutes) forjada en la entrega de, al menos, entradas para los partidos y otras prebendas.
Los De Abajo no eran los hinchas de antes, ciertamente, que sacaban pañuelos blancos para celebrar los goles. LDA funcionaban también fuera del estadio y en los días de semana. Entregaban identidad a jóvenes de todos los sectores, especialmente a aquellos en riesgo social. La relación entre LDA y la vida lumpen no se hizo esperar. Los enfrentamientos con la Garra Blanca (la barra brava de Colo-Colo, el eterno rival) fueron muchos y llegaron a la sangre. Los De Abajo se transformaron en algo paralelo o que incluso superaba a la propia "U", y lo que antes era una fidelidad abstracta a un equipo de fútbol, se transformó en obligaciones y códigos de honor pandillescos.
Orozco trató de disminuir la tendencia delictual de Los de Abajo con programas de inserción social como la Escuela Libre, pero a la vez el club traspasaba dinero y otras prebendas a dirigentes de LDA que asumieron su rol como un empleo y no como un hobby y que no abandonaron la violencia. El presidente de la U fue acusado siempre de mirar para el otro lado cuando había problemas policiales. La mayor parte del tiempo, los dirigentes de LDA eran "muchachos desorientados" para él.
El club volvía a estar entre los grandes. "Grande como fue el ballet", cantaban Los de Abajo. Pero "como fue el ballet" solamente en las canchas, porque la vieja estructura mítica de la U se había perdido para siempre. El equipo que representaba el sueño del profesional que se iguala a los viejos dueños del país a través de la mancomunión del apoyo del fisco y su esfuerzo personal, en los noventa era simplemente un lindo recuerdo o derechamente un despropósito. "Los de Abajo" reverenciaban una estructura mítica de guerra y de piedras, de afirmación de poder dentro del gueto: un conflicto gangsteril con cuchillos y violencia que buscaba establecer "quien es más hombre" o "de quien es esta esquina". La U antes reflejaba a la sociedad civil que luchaba por sobrevivir. Con Los de Abajo reflejaba al presidiario que lucha porque no lo maten.
El relato mítico que tuvo la U en los sesenta ya no estaba ahí: estaba, en rigor, en la Católica, el equipo que, bajo el ala de la universidad homónima, ganaba pocos títulos pero mantenía una imagen de orden y eficiencia dentro del caos de los ochenta y noventa. Y la Universidad Católica misma también había cambiado: ya no era el feudo de los hijos de los latifundistas, ni la pechoña defensora de la Iglesia Católica ante los embates masones, sino una institución que captaba según meritocracia. ¿Iban a ella los hijos de los pinochetistas? Sí, pero al final del día eso poco importó. Era cara, sí, muy cara, pero valía la pena pagar por educarse allí. Las familias doblaron el esfuerzo y si al hijo o hija "le daba", lo enviaron a estudiar allá, donde no había huelgas ni paros y la gente "estudiaba de verdad". La "Cato", con su estadio pegado a la cordillera, como si quisiera escaparse de una ciudad en la que imperaba el caos, transmitía un mensaje fuerte pero claro: no somos picantes, no queremos serlo, únanse a nosotros. Podemos empezar a construir desde cero un país que ignore el desorden en el que vivimos cuando estamos más abajo del Apumanque.
La escandalosa quiebra de la "U" ha sido la gota que rebalsó el vaso en la relación con la Universidad. ¿Lo es? Me da la impresión de que la Universidad de Chile aún tiene este relato de sí misma que era válido en los sesenta, pero no lo es hoy. Sin embargo, ha actuado de una manera totalmente indiferente durante las últimas décadas con respecto al destino del club que lleva su nombre pero que "no tiene nada que ver con ella". Mi impresión es que, en estricto rigor, "la U" es hoy, en términos semiológicos, un equipo más. Sus variantes simbólicas tienen más que ver con el lumpen que con la sociedad civil que una vez representó. Sin embargo, la Universidad de Chile tampoco es lo que fue. Hoy el ascenso social no se da solo a través de ella: es más, ella exige los mismos requisitos de ingreso -monetarios- que todas las otras. No me da a estas alturas para ser hincha de la UC, voy a seguir fiel a la U hasta que me muera y espero que me entierren con la bandera sobre el ataúd. Pero mis anclas con la U hoy tienen que ver con la nostalgia. La "U" no representa nada vivo hoy, salvo su propia y egoísta circunstancia. Un nombre como "Los de Abajo" sería mucho más apropiado a la realidad.
A nivel simbólico la Universidad de Chile de entonces representaba el escaso pero eficiente método de ascenso social. "La Chile", una universidad pública y gratuita, monumental e influyente, acogía en su seno a pocos, pero no discriminaba más allá de exigir una educación secundaria completa y algunas competencias básicas para el ingreso. Por una matrícula que hoy sería considerada irrisoria, "La Chile" dio la oportunidad a miles de chilenos de pasar de ser más que sus padres. Fueron, gracias a esta institución profesionales hechos y derechos: abogados, médicos e ingenieros que dejaban sus pueblos y se establecían en Santiago, Concepción, Valparaíso o en el extranjero. En el pequeño país de entonces, "La Chile" era el sueño chileno.
Y la "U", su equipo de fútbol profesional, brillaba. Si no salía campeona, salía segunda. Si no salía segunda, jugaba mano a mano con el Santos de Pelé o conformaba la base de jugadores para que la selección saliera tercera en el mundo. Tenía los recursos y esos recursos eran, al final del día, del fisco, pero a nadie parecía importarle: casi todo el país era del fisco entonces.
En los setenta el país -como todos sabemos- cambió. La Universidad dejó de tener la importancia de antes y el ascenso social se ligó a dos entidades que, hasta entonces, sólo tenían que ver con los "porros" a los que no les "daba la cabeza": el ejército y la empresa privada. La Universidad vio, aferrada con los dientes a un universo que se desmembraba, como esos dos mundos fueron exitosos y permitieron, en una escala mayor que lo que la propia universidad había logrado, el ascenso social. El vínculo sentimental entre las personas y los equipos dejó de depender de factores extra futbolísticos y se centró solamente en la "eficacia" de las instituciones deportivas. Las odiseas de Cobreloa en la Copa Libertadores de comienzos de los ochenta (de igual a igual con el Flamengo de Zico y compañía, por ejemplo) y la obtención del máximo trofeo continental que logró Colo-Colo a comienzos de los noventa fueron factores que acarrearon multitudes de niños y jóvenes que no siguieron al equipo del padre. Con la excepción de Cobreloa, el ascenso instucional de los clubes de Santiago determinó la casi absoluta pérdida de fanáticos para los equipos de provincia. Después de que Everton de Viña del Mar se hiciese del título 76, tuvieron que pasar décadas para que un club que no fuera Cobreloa ni de Santiago ganara el campeonato (lo hizo Wanderers de Valparaíso el 2001).
Mientras el país cambiaba, la "U", el equipo, se sumergía en un letargo de 25 años sin obtener campeonato alguno. La Universidad de Chile fue intervenida por los militares, y el club cobijó a célebres funcionarios de Pinochet -el más ilustre de todos, el abogado y "fiscal antiterrorista" de la dictadura, Ambrosio Rodríguez, presidente de la Corfuch a fines de los ochenta-. Con planes elefantiásicos de construir un estadio, la "U" fue decayendo y la universidad se distanció totalmente del equipo de fútbol y lo apartó de su rama deportiva. Tenía demasiados problemas de caja como para estar financiando un equipo profesional... que no ganaba nada nunca.
Se creó entonces la "Corfuch", la "Corporación de Fútbol de la Universidad de Chile", que "de" la universidad no tenía nada más que el nombre. La democracia llegó y encontró a la "U" en la segunda división, y vio el advenimiento de una nueva barra que le hacía el peso a la "oficial" (en honor a la verdad, de "oficial" tuvo harto, pero no apoyó jamás a Ambrosio Rodríguez): eran "Los de Abajo", un grupo de fanáticos que se fogueó en los potreros y que importó la última moda rioplatense: ver el partido de pie y sin callarse nunca.
La revolución que comenzaron "Los de Abajo" (LDA) llegó a la dirigencia con la elección del doctor René Orozco como presidente de la Corfuch. Orozco, un médico nacido y criado en la universidad, que apoyó a Pinochet al principio pero que para comienzos de los noventa era un furibundo detractor del aún poderoso general y eterno candidato a recor, alcanzó el mando prometiendo una suerte de regreso a la relación entre la universidad y el club. Era cierto que legalmente la Corfuch no era parte de la Universidad de Chile, pero ¿qué mejor que un candidato a rector para dirigirla?
Con un tezón y porfía formidables, Orozco confió el proyecto deportivo a un viejo conocido: Arturo Salah, un ingeniero químico que fue dueño de la punta izquierda del ataque azul durante los ochenta. Salah sentó las bases deportivas para lo que vino después de la mano de Jorge Socías (el eterno "8" ochentero) y el argentino Miguel Angel Russo: los títulos del 94, 95, la semifinal de la libertadores 96 y el bicampeonato de 1999 y 2000 (sorprendentemente, el paso de la U a la segunda división fue encabezado por el hoy popular y exitosísimo Manuel Pellegrini, que entonces hacía sus primeras armas como técnico. En sus años de jugador -defensa central- la barra lo molestaba con el sobrenombre de "Peligrosini"). Además, el semillero de esa U encontró y formó a quien es quizás el centrodelantero más grande que ha tenido el fútbol chileno: Marcelo Salas.
Los triunfos de la U noventera y la figura de Salas que jugaba en Argentina y en Italia actuaron igual que antes lo hicieron las proezas de Colo Colo, la UC y Cobreloa. Muchos nuevos hinchas, mucha plata nueva, mucha ambición. Orozco manejó el timón con mano de hierro, con una conducción autoritaria en que toda rebelión era aplastada. Forjó también una sólida relación con Los de Abajo, relación que sirvió para darle al presidente de la Corfuch una suerte de guardia de corps (o más bien tontons macoutes) forjada en la entrega de, al menos, entradas para los partidos y otras prebendas.
Los De Abajo no eran los hinchas de antes, ciertamente, que sacaban pañuelos blancos para celebrar los goles. LDA funcionaban también fuera del estadio y en los días de semana. Entregaban identidad a jóvenes de todos los sectores, especialmente a aquellos en riesgo social. La relación entre LDA y la vida lumpen no se hizo esperar. Los enfrentamientos con la Garra Blanca (la barra brava de Colo-Colo, el eterno rival) fueron muchos y llegaron a la sangre. Los De Abajo se transformaron en algo paralelo o que incluso superaba a la propia "U", y lo que antes era una fidelidad abstracta a un equipo de fútbol, se transformó en obligaciones y códigos de honor pandillescos.
Orozco trató de disminuir la tendencia delictual de Los de Abajo con programas de inserción social como la Escuela Libre, pero a la vez el club traspasaba dinero y otras prebendas a dirigentes de LDA que asumieron su rol como un empleo y no como un hobby y que no abandonaron la violencia. El presidente de la U fue acusado siempre de mirar para el otro lado cuando había problemas policiales. La mayor parte del tiempo, los dirigentes de LDA eran "muchachos desorientados" para él.
El club volvía a estar entre los grandes. "Grande como fue el ballet", cantaban Los de Abajo. Pero "como fue el ballet" solamente en las canchas, porque la vieja estructura mítica de la U se había perdido para siempre. El equipo que representaba el sueño del profesional que se iguala a los viejos dueños del país a través de la mancomunión del apoyo del fisco y su esfuerzo personal, en los noventa era simplemente un lindo recuerdo o derechamente un despropósito. "Los de Abajo" reverenciaban una estructura mítica de guerra y de piedras, de afirmación de poder dentro del gueto: un conflicto gangsteril con cuchillos y violencia que buscaba establecer "quien es más hombre" o "de quien es esta esquina". La U antes reflejaba a la sociedad civil que luchaba por sobrevivir. Con Los de Abajo reflejaba al presidiario que lucha porque no lo maten.
El relato mítico que tuvo la U en los sesenta ya no estaba ahí: estaba, en rigor, en la Católica, el equipo que, bajo el ala de la universidad homónima, ganaba pocos títulos pero mantenía una imagen de orden y eficiencia dentro del caos de los ochenta y noventa. Y la Universidad Católica misma también había cambiado: ya no era el feudo de los hijos de los latifundistas, ni la pechoña defensora de la Iglesia Católica ante los embates masones, sino una institución que captaba según meritocracia. ¿Iban a ella los hijos de los pinochetistas? Sí, pero al final del día eso poco importó. Era cara, sí, muy cara, pero valía la pena pagar por educarse allí. Las familias doblaron el esfuerzo y si al hijo o hija "le daba", lo enviaron a estudiar allá, donde no había huelgas ni paros y la gente "estudiaba de verdad". La "Cato", con su estadio pegado a la cordillera, como si quisiera escaparse de una ciudad en la que imperaba el caos, transmitía un mensaje fuerte pero claro: no somos picantes, no queremos serlo, únanse a nosotros. Podemos empezar a construir desde cero un país que ignore el desorden en el que vivimos cuando estamos más abajo del Apumanque.
La escandalosa quiebra de la "U" ha sido la gota que rebalsó el vaso en la relación con la Universidad. ¿Lo es? Me da la impresión de que la Universidad de Chile aún tiene este relato de sí misma que era válido en los sesenta, pero no lo es hoy. Sin embargo, ha actuado de una manera totalmente indiferente durante las últimas décadas con respecto al destino del club que lleva su nombre pero que "no tiene nada que ver con ella". Mi impresión es que, en estricto rigor, "la U" es hoy, en términos semiológicos, un equipo más. Sus variantes simbólicas tienen más que ver con el lumpen que con la sociedad civil que una vez representó. Sin embargo, la Universidad de Chile tampoco es lo que fue. Hoy el ascenso social no se da solo a través de ella: es más, ella exige los mismos requisitos de ingreso -monetarios- que todas las otras. No me da a estas alturas para ser hincha de la UC, voy a seguir fiel a la U hasta que me muera y espero que me entierren con la bandera sobre el ataúd. Pero mis anclas con la U hoy tienen que ver con la nostalgia. La "U" no representa nada vivo hoy, salvo su propia y egoísta circunstancia. Un nombre como "Los de Abajo" sería mucho más apropiado a la realidad.
20051017
Los goles de mi vida: 8 de julio de 1982

El Mundial de España 82 ya era un recuerdo para Chile cuando, en las semifinales, presencié el que debe ser el partido de fútbol más eléctrico de la historia. A estas alturas es un clásico que creo que no ha sido igualado en intensidad, bolas y electricidad. Es el Francia 3, Alemania 3 (4-5 en penales).
Francia era mi equipo favorito para este mundial. ¡Jugaban mejor que Brasil! Elegantes, corajudos... las tenían todas, partiendo por Michel Platini. Y los alemanes... malditos, cómo odiaba su fútbol cerebral de mierda, sustentado solo en el físico. Claro que Rumenigge no era nada de malo.
Y llega esa definición para la final en Sevilla. Marcó Alemania primero, con Pierre Littbarski. Y fue lo mejor que pudo haber pasado. Los franchutes se fueron como lobos al arco de Toni Schumacher. Platini, Rocheteau, Giresse: intentaban e intentaban hasta que Platini marcó.
Pero faltaba más. En el segundo tiempo, Toni Schumacher sale a interceptar una pelota y aprovecha de darle una repasada a Patrick Battiston, que había entrado para el segundo tiempo. Battiston queda inconciente, tendido en el pasto. Schumacher se vuelve a su arco y, mientras Battiston es atendido por los paramédicos... ¡comienza a hacer estiraditas! Los setenta mil espectadores no lo podían creer. El árbitro... NADA. Qué tarjeta roja, o amarilla... ni siquiera tiro libre concedió.
El partido estaba por terminar. Después de un palo en el arco de Alemania, los equipos se prepararon para el tiempo complementario.
El mejor tiempo extra de la historia
Qué treinta minutos fueron esos. Todavía los tengo grabados. No lo podía creer. Dos minutos después de reiniciado el partido, los franceses hacen un gol y quedan 2 a 1. Siete minutos después, y con la estrella germana Karl-Heinz Rummenigge en la cancha, Alain Giresse marca el 3 a 1 a favor de Francia.
Está a punto de terminar el primer tiempo complementario y Alemania hace un gol... ¡pero el árbitro marca off-side! Diablos, parecía que los franceses iban a ir a la final.
Al regreso, si la cosa ya estaba al rojo, ahora está peor. Rummenigge, fresco del entretiempo, marca el 2x3. Alemania está a un gol del empate, pero queda poquísimo tiempo. Hasta que Klaus Fischer, de chilena, empata para Alemania.
La mejor definición a penales de la historia
Giresse: gol. Kaltz, gol. Amoros, gol. Breitner, gol. Rocheteau, gol... y entonces el arquero Jean-Luc Ettori ataja el pencazo del defensa Uli Stielike. El alemán cae al pasto, llorando. Francia queda 3x2 arriba.
Va a tirar el francés Didier Six... pero se pone nervioso y... ¡falla! Es el turno de Alemania: Littbarski no duda y marca. Vuelven a estar empatados, esta vez a tres.
Viene el turno de los delanteros. Platini para los franceses, gol. Rummenigge para los alemanes, gol. Estamos a cuatro. Falta la última serie de penales.
Le toca a Francia. Bossis tira y... su tiro no tiene fuerza y es atajado fácilmente por Schumacher. Empatados a cuatro, pero Francia ya no tiene más penales.
El alemán Horst Hrubesch está frente al balón...
Gol.
A la mierda.
Alemania ganaba 5 a 4 la definición a penales, y de paso sepultaba a uno de los mejores equipos del siglo XX, Francia 82. Los alemanes posteriormente perderían con Italia la final. Pero qué importa.
Dicen que Platini ha dicho de este partido: "Si nos hubiéramos dado cuenta de lo buenos que éramos, no hubiéramos perdido este partido".
20050930
Los goles de mi vida: 7 de junio de 1981
Antes de que Patricio Yáñez traicionara a la U, que pasaba por su peor momento, y se pasara a las infectas filas "albas", él se mandó uno de los goles más lindos de los que tenga memoria.
Chile jugaba contra Paraguay en Asunción. Era la segunda fecha de las eliminatorias del mundial de España, que se iba a jugar al año siguiente. Nos había tocado un grupo "relativamente" fácil: con Ecuador estábamos al otro lado (decíamos, aunque partimos empatando a cero de visita con ellos, en un partido en el cual anunciaron, en el entretiempo, que el presidente de ese país acababa de morir). El cuco era Paraguay, que venía con una generacionaza de jugadores, entre los que destacaba Gustavo Benítez (futuro entrenador de Colo Colo).
Era sorprendente, pero Chile no tenía jugadores de la U en la selección. Casi todo era Colo Colo y Cobreloa, que sería dos veces finalista de la libertadores y entregaba un buen turro de jugadores a la roja, especialmente el "delicado" Mario Soto, vicepresidente del club de los "patitas con sangre" (presidente honorario: Leonel Herrera).
En fin: la fórmula de Luis Santibáñez para estas eliminatorias (se jugaba en un grupo de a tres, con partidos de ida y vuelta, la cosa se resolvía en unos pocos meses, no en años, como ahora), era simple: diez jugadores chilenos en la defensa, el "chancho" Caszely arriba, en espera de algún pelotazo. Así habíamos logrado el cero a cero contra Ecuador allá. Y así íbamos a salir seguramente de Asunción, hasta que...
Cristián Orellana, en granvalparaiso.cl, escribió esto mejor de lo que lo puedo hacer yo:
En defensa de Carlos "Chancho" Caszely, colocolino a quien mi corazón de niño chuncho abominaba, hay que decir que una vez que Chile clasificó a España 82, la selección fue invitada a tomar tecito con Pinochet. Caszely se negó en principio a tomarse la foto de rigor con la bestia ("yo pateo con ésta", le dijo mostrándole su pierna izquierda). Si alguien sabe bien como fue, que por favor haga un comentario, pero yo recuerdo que Caszely a propósito fue con una corbata roja, y que Pinocho hizo el gesto de cortársela como si sus dedos fueran una tijera. Qué chistoso el conchesumadre.
Chile jugaba contra Paraguay en Asunción. Era la segunda fecha de las eliminatorias del mundial de España, que se iba a jugar al año siguiente. Nos había tocado un grupo "relativamente" fácil: con Ecuador estábamos al otro lado (decíamos, aunque partimos empatando a cero de visita con ellos, en un partido en el cual anunciaron, en el entretiempo, que el presidente de ese país acababa de morir). El cuco era Paraguay, que venía con una generacionaza de jugadores, entre los que destacaba Gustavo Benítez (futuro entrenador de Colo Colo).
Era sorprendente, pero Chile no tenía jugadores de la U en la selección. Casi todo era Colo Colo y Cobreloa, que sería dos veces finalista de la libertadores y entregaba un buen turro de jugadores a la roja, especialmente el "delicado" Mario Soto, vicepresidente del club de los "patitas con sangre" (presidente honorario: Leonel Herrera).
En fin: la fórmula de Luis Santibáñez para estas eliminatorias (se jugaba en un grupo de a tres, con partidos de ida y vuelta, la cosa se resolvía en unos pocos meses, no en años, como ahora), era simple: diez jugadores chilenos en la defensa, el "chancho" Caszely arriba, en espera de algún pelotazo. Así habíamos logrado el cero a cero contra Ecuador allá. Y así íbamos a salir seguramente de Asunción, hasta que...
Cristián Orellana, en granvalparaiso.cl, escribió esto mejor de lo que lo puedo hacer yo:
...la mano viene más complicada pues el juego aéreo guaraní es de temer en comparación a nuestros jugadores de la época, que no eran muy amigos del cabezazo. Pero con tres zagueros centrales, Valenzuela, Soto y el siempre impecable Figueroa, Chile soporta una carga tras otra. Hasta que ocurre el milagro. Benítez falla un toque que es interceptado por Moscoso. El iquiqueño envía un pase al vacío al que corre el veloz Patricio Yáñez, quien controla y, con un cachetazo, derrota al notable arquero paraguayo, Eber Almeyda.
Recuerdo haber estado viendo ese partido en mi casa y no me impresionó tanto el gol como el grito de Pedro Carcuro. El mismo Yáñez ha reconocido que la mitad del mérito de que ese gol se recuerde tanto es del apasionado relato del periodista de TVN.
El partido continúa y las cargas paraguayas son ya casi suicidas y la defensa chilena desesperada y heroica. Se termina el partido y Chile debe definir en casa con la clasificación casi asegurada.
Yo también lo veía en la televisión y no podía creerlo. Tal vez mi memoria exagere, pero aún tengo en la retina el carrerón de Patricio Yáñez. Qué cosa más hermosa. Igual esos partidos con Chile arratonado eran bellos por el trabajo de la defensa.Recuerdo haber estado viendo ese partido en mi casa y no me impresionó tanto el gol como el grito de Pedro Carcuro. El mismo Yáñez ha reconocido que la mitad del mérito de que ese gol se recuerde tanto es del apasionado relato del periodista de TVN.
El partido continúa y las cargas paraguayas son ya casi suicidas y la defensa chilena desesperada y heroica. Se termina el partido y Chile debe definir en casa con la clasificación casi asegurada.
En defensa de Carlos "Chancho" Caszely, colocolino a quien mi corazón de niño chuncho abominaba, hay que decir que una vez que Chile clasificó a España 82, la selección fue invitada a tomar tecito con Pinochet. Caszely se negó en principio a tomarse la foto de rigor con la bestia ("yo pateo con ésta", le dijo mostrándole su pierna izquierda). Si alguien sabe bien como fue, que por favor haga un comentario, pero yo recuerdo que Caszely a propósito fue con una corbata roja, y que Pinocho hizo el gesto de cortársela como si sus dedos fueran una tijera. Qué chistoso el conchesumadre.
20050921
Los goles de mi vida: 3 de enero de 1981
Universidad de Chile 2, Colo Colo 1
La U cerraba el brillante ciclo de los setenta, que pese a juego demoledor, no coronó con ningún campeonato. Colo Colo, en igualdad de condiciones, sí había salido campeón muchas veces en esa década. Para el campeonato de 1980 la U estuvo a punto de ser campeona... sólo para perder la definición milimétrica con Cobreloa en la penúltima fecha, en Lota, gracias a una mano involuntaria de Alberto Quintano que fue cobrada como penal a favor de Lota Schwagger por el juez Marín, a quien la barra odió hasta su retiro del fútbol. Cobreloa salió campeón y la U se fue a la liguilla por Copa Libertadores.
Pero las cosas no iban a ser fáciles. Tras dos partidos con Colo Colo, aún no se definía quién iba a llenar el segundo cupo chileno. Los partidos previos a éste, la finalísima de la liguilla, habían estado llenos de incidentes maravillosos, como aquel en que un defensa de la U (¿Vladimir Bigorra?) tomó de la camiseta al gran simulador de penales Carlos Rivas, lo puso en posición horizontal, y lo lanzó a unos metros de distancia.
La U y Colo Colo estaban empatados a uno en este match de definición cuando Carlos Rivas fabricó un penal en el área azul. Pateó el mismo Rivas, y el "loco" Carvallo (Q.E.P.D) atajó. Y no sólo eso: lanzó un pase como a mil metros de distancia que recibió el chico Hoffens. Por las otras bandas (en ese tiempo se jugaba 4.4.3), Castec y Salah corrían como bestias. Toda la delantera de la U era un tren blindado contra el gringo Nef. Cualquiera pudo haber hecho el gol. El chico Hoffens la cruzó, Castec la dejó pasar, y Salah, por el otro lado, fusiló al gringo. La U 2, Colo Colo 1, quedaban como tres minutos para que terminara el partido.
Yo estaba ahí. Tenía once años de edad. Era lo más grande que me había pasado. Y hasta hoy, pocas cosas se comparan con ese momento.
La U cerraba el brillante ciclo de los setenta, que pese a juego demoledor, no coronó con ningún campeonato. Colo Colo, en igualdad de condiciones, sí había salido campeón muchas veces en esa década. Para el campeonato de 1980 la U estuvo a punto de ser campeona... sólo para perder la definición milimétrica con Cobreloa en la penúltima fecha, en Lota, gracias a una mano involuntaria de Alberto Quintano que fue cobrada como penal a favor de Lota Schwagger por el juez Marín, a quien la barra odió hasta su retiro del fútbol. Cobreloa salió campeón y la U se fue a la liguilla por Copa Libertadores.
Pero las cosas no iban a ser fáciles. Tras dos partidos con Colo Colo, aún no se definía quién iba a llenar el segundo cupo chileno. Los partidos previos a éste, la finalísima de la liguilla, habían estado llenos de incidentes maravillosos, como aquel en que un defensa de la U (¿Vladimir Bigorra?) tomó de la camiseta al gran simulador de penales Carlos Rivas, lo puso en posición horizontal, y lo lanzó a unos metros de distancia.
La U y Colo Colo estaban empatados a uno en este match de definición cuando Carlos Rivas fabricó un penal en el área azul. Pateó el mismo Rivas, y el "loco" Carvallo (Q.E.P.D) atajó. Y no sólo eso: lanzó un pase como a mil metros de distancia que recibió el chico Hoffens. Por las otras bandas (en ese tiempo se jugaba 4.4.3), Castec y Salah corrían como bestias. Toda la delantera de la U era un tren blindado contra el gringo Nef. Cualquiera pudo haber hecho el gol. El chico Hoffens la cruzó, Castec la dejó pasar, y Salah, por el otro lado, fusiló al gringo. La U 2, Colo Colo 1, quedaban como tres minutos para que terminara el partido.
Yo estaba ahí. Tenía once años de edad. Era lo más grande que me había pasado. Y hasta hoy, pocas cosas se comparan con ese momento.
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